Diversidad en el aula: programar tiene muchos idiomas

En un aula de 25 alumnos conviven muchas más formas de aprender que informes hay en el cajón del orientador. Esa diversidad no lleva etiqueta, no aparece en ningún diagnóstico y está en todas las clases. Si lo que enseñamos es una forma de pensar, la vía de entrada puede ser distinta para cada alumno.

 

La diversidad que no lleva etiqueta

Las primeras semanas de curso son las de leer informes. Los del orientador, los del tutor del año pasado, los que llegan de otro centro. Y ahí es donde uno se hace una idea de a quién tiene delante.

Cuando hablamos de diversidad en el aula, solemos pensar precisamente en eso: en diagnósticos. TDAH, altas capacidades, dislexia, alumnado recién llegado con barrera lingüística. Perfiles concretos, adaptaciones concretas. Es una forma útil de organizarse y hace falta.

Pero está también el alumno que necesita moverse para pensar. La alumna que lo entiende todo en cuanto lo ve dibujado. El niño que va tres pasos por delante y a los dos minutos ya se ha ido a otra parte. La chica que va más despacio y llega más lejos cuando nadie le mete prisa.

 

Empecemos por el final: ¿qué queremos que aprendan?

Aquí conviene parar un momento, porque es fácil confundir la herramienta con el aprendizaje.

Lo que trabajan los alumnos cuando programan un robot es pensamiento computacional: descomponer un problema en partes manejables, ordenar una secuencia, detectar patrones, anticipar qué va a pasar y corregir cuando no pasa. Eso es lo que se llevan puesto a los 30 años. El robot es el sitio donde ocurre.

Y esto cambia la pregunta que nos hacemos. Si lo que enseñamos es una forma de pensar, lo importante es que todos lleguen a pensar así, con independencia de cómo lo escriban.

 

Programar tiene muchos idiomas

Un alumno puede programar con la voz, dando instrucciones orales a un robot que las ejecuta. Puede programar con gestos, moviendo la mano para que el robot responda. Puede programar con imágenes, montando secuencias con tarjetas o iconos, sin leer ni escribir una palabra. Puede programar dibujando: traza un triángulo en un papel y el robot lo reproduce, y la geometría se convierte en movimiento delante de sus ojos. Y puede programar con bloques o con Python, cuando pide un reto mayor.

Cada uno de estos idiomas tiene su momento pedagógico. Programar con gestos obliga a pensar el movimiento en el espacio, algo que ningún bloque en pantalla enseña igual de bien. Programar con la voz exige formular la instrucción con precisión antes de decirla en alto, y eso es exactamente lo que hace un buen programador. Un alumno de 5º que ya escribe código puede aprender mucho de una sesión con voz, igual que un músico que ya lee partituras sigue tocando de oído.

Y sí, además ocurre algo valioso: cuando existen varias entradas, deja de haber un único requisito de acceso. El alumno que todavía está construyendo la lectoescritura, el que tiene dificultades motoras o el que acaba de llegar sin hablar el idioma no se quedan esperando en la puerta. Entran por donde sí pueden y trabajan lo mismo que los demás.

Porque debajo de todos esos idiomas hay una sola cosa: descomponer, secuenciar, anticipar, corregir. El idioma cambia, lo que se aprende, no.

 

El ritmo, como una variable más

Hay otra diversidad que atraviesa cualquier aula: la de los ritmos. En una clase donde todos hacen lo mismo a la vez, el alumno rápido espera y el que va más despacio se agobia. Los dos pierden.

Cuando el sistema registra en qué punto está cada uno, qué ha consolidado, qué conviene reforzar y qué está listo para el siguiente paso, el docente recupera margen. La evaluación deja de ser una tarea de final de trimestre y pasa a ser información útil el martes por la mañana. Y la atención puede ir donde de verdad hace falta: al que se ha atascado, al que pide más, al que hoy simplemente no está teniendo un buen día.

 

La herramienta la elige la pedagogía

Hay una decisión que casi nunca se discute: la de las propias herramientas.

Cada fabricante de robótica educativa tiene su ecosistema, su entorno de programación y su forma de entender el aprendizaje. Y todos hacen algunas cosas muy bien. El problema aparece cuando un centro se casa con una sola marca: a partir de ahí, la secuencia pedagógica se adapta al catálogo disponible en lugar de al revés. Y el alumno acaba aprendiendo el lenguaje propietario de un fabricante concreto, que es un aprendizaje con fecha de caducidad.

ROBOTIX C360 parte del criterio contrario. Primero decidimos qué toca trabajar en cada momento del aprendizaje, y después elegimos la herramienta que mejor lo resuelve. A veces es un LEGO® Education Computer Science & AI, a veces un mBot, a veces una micro:bit, a veces algo que todavía no ha salido al mercado. Si mañana aparece un recurso mejor para un punto concreto de la progresión, entra.

Lo que permanece es la progresión: el itinerario de pensamiento computacional que recorre el alumnado desde Infantil hasta 4º de ESO. Las herramientas van cambiando por debajo, como debe ser.

 

Una pregunta para cerrar

¿Cuántas de estas formas de programar están hoy al alcance de tu alumnado?

Si quieres ver cómo encaja todo esto dentro de un mismo sistema, aquí tienes un vídeo de 2 minutos sobre ROBOTIX C360, el programa de robótica y pensamiento computacional de ROBOTIX Hands-on Learning para centros educativos.

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