No es falta de ganas. Es falta de tiempo.

Hay una conversación que se repite en muchos centros con los que hablamos.

Le preguntamos a la coordinadora TIC cómo va la robótica. Nos dice que bien, que tienen material, que los alumnos responden. Y entonces, casi siempre, añade algo en voz más baja:

"El problema es que esto lo lleva Marcos. Y cuando Marcos no está, se para todo."

Marcos es el profesor entusiasta. El que se formó por su cuenta, el que se quedó horas investigando, el que convirtió su curiosidad en un proyecto que funciona. Marcos es imprescindible. Y eso, paradójicamente, es el problema.

El conocimiento que no se democratiza

Cuando la robótica educativa depende de una sola persona, el centro tiene un proyecto. No tiene un sistema.

La diferencia es enorme. Un proyecto avanza mientras Marcos está motivado, mientras no le cambian el horario, mientras no se va a otro centro. Un sistema funciona independientemente de quién esté delante del aula.

Pero construir ese sistema requiere algo que los docentes no tienen en abundancia: tiempo. Tiempo para formarse, tiempo para preparar actividades, tiempo para coordinar con otros profesores, tiempo para evaluar lo que los alumnos aprenden.

Y el tiempo, en un claustro con 25 horas lectivas y gestión administrativa creciente, es el recurso más escaso que existe.

La barrera que nadie llama por su nombre

Cuando un docente dice "no me siento preparado para dar robótica", en realidad está diciendo varias cosas a la vez.

Está diciendo que no sabe por dónde empezar. Que ha visto tutoriales en YouTube, pero no sabe cómo conectarlos con el currículo. Que le preocupa ponerse delante de 25 alumnos con un robot y no saber responder a las preguntas que van a surgir. Que ya tiene suficiente con lo suyo como para asumir algo nuevo que va a requerir muchas horas de preparación antes de dar un solo resultado visible.

Eso no es inseguridad. Es una evaluación muy racional de la situación.

El problema no es actitudinal. Es estructural. La formación puntual, un taller de un día, un curso de verano, un webinar, no resuelve esto. Porque el docente vuelve al aula solo, con el material delante y sin nadie a quien preguntar cuando algo no funciona como esperaba.

La formación sin acompañamiento continuo tiene una tasa de abandono altísima. No porque los profesores no quieran. Sino porque el momento en que más apoyo necesitan, las sesiones reales en el aula, es exactamente el momento en que el apoyo desaparece.

Lo que sí funciona

Los colegios que han conseguido que el pensamiento computacional y la robótica dejen de depender de Marcos comparten una característica: el docente nunca estuvo solo en el proceso.

No hablamos de una formación inicial más larga. Hablamos de acompañamiento dentro y fuera del aula, en tiempo real, durante las primeras sesiones y a lo largo de todo el curso. De tener respuesta cuando algo no funciona. De actividades ya diseñadas y alineadas con el currículo, que el profesor puede usar directamente sin tener que construirlas desde cero. De una progresión clara que le dice qué trabajar en cada curso, con qué metodología y cómo evaluarlo.

Cuando eso existe, algo curioso ocurre: el docente que llegó con inseguridad acaba siendo el siguiente Marcos. Pero esta vez con un sistema detrás, no con un proyecto personal.

Una pregunta para cerrar

¿Quién es el Marcos de tu centro? ¿Y qué pasaría si el año que viene cambiara de centro?

Si quieres ver cómo funciona un modelo pensado para que el acompañamiento no desaparezca después de la formación, aquí tienes una demo de 20 minutos de ROBOTIX C360.

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